Pedro León Zapata

Se nos ha ido Don Pedro León Zapata, para nosotros en Venezuela  en particular lo conocemos desde que tenemos uso de razón, desde cada amanecer de lectura obligada del diario luego de leer los titulares la búsqueda obligatoria de sus “Zapatazos”,  caricaturas que siempre reflejaron el sentir de un país y que de forma genial nos llevó a la reflexión.

 

Hoy nos queda su obra, su ejemplo, su sencillez, serenidad, humor de alto calibre, su pensamiento hecho dibujos, pero sobre todas las cosas, nos deja una lección, la de expresar lo que pensó, a pesar de todas las dificultades encontradas en los gobiernos que vieron su obra como una amenaza.

Son 50 años de mantenernos informados con pocas palabras e imágenes … a sus familiares les hacemos llegar nuestras mas sinceras palabras de condolencias, apoyo y fortaleza en estas horas tan tristes y les damos las gracias por dejarnos disfrutar de su genialidad, de su pensamiento y su humildad …

 

Llegó a nuestras vidas de un Zapatazo y de la misma forma se nos fue el gran Zapata, Dios lo tenga en la Gloria

 

El Equipo de www.EnPazDescansen.com

 

Le presentamos un post que refleja mucho d elo que referimos…

 

Todavía con las rodillas escapadas de los pantalones cortos da rienda suelta al impulso bicéfalo de su talento: garrapatea cuadernos de dibujo y participa en la publicación de periódicos estudiantiles

Foto de Ana María Ferris

Milagros Socorro.- En los museos, en el espacio público y todos los días en la página de Opinión de El Nacional desde hace medio siglo. De esa manera se hizo presente la obra de Zapata, el artista plástico cuyos trazos son conocidos por todo el país.

Sus cartones han aparecido en semanarios, revistas, afiches, carátulas de discos y libros. El trabajo de Zapata ha sido merecedor de los más importantes reconocimientos del país, incluido el respeto de varias generaciones de caricaturistas que han tenido en él un maestro brillante y generoso.

En 1999 estuvo listo su mural de cerámica “Conductores de Venezuela”, más de 1.500 metros cuadrados de superficie donde aparecen, esbozados con su particular estilo, los retratos de un grupo de venezolanos recordados por sus aportes al país.

Esta historia debe comenzar por el principio. Pedro León Zapata Monroy nació en La Grita, estado Táchira, el 27 de febrero de 1929, en el hogar de un coronel del ejército destinado en esa pequeña población andina como oficial de planta del poder castrense local. Era la época en que la nación cabeceaba, la cuna movida por la mano del general Gómez a cuyas órdenes tanto los militares como los telegrafistas recorrían el país en puntual prestación de sus servicios. Antes de cumplir dos años, el bebé, que imaginamos de traza circunspecta, perplejo ante la hilaridad que provocan sus gestos, es trasladado con su familia hacia Caracas. Muy pronto habría de manifestarse la vocación que infla este relato y que lo ha convertido en protagonista del catálogo de las artes plásticas venezolanas de este siglo.

Todavía con las rodillas escapadas de los pantalones cortos da rienda suelta al impulso bicéfalo de su talento: garrapatea cuadernos de dibujo y participa en la publicación de periódicos estudiantiles. Sus primeras caricaturas habrían de aparecer en el periódico mural de la Escuela República de Chile, donde también escribía semanalmente. Cuando llega al primer año de bachillerato en el liceo San José, de los hermanos Salesianos, en Los Teques, el Zapata adolescente ha determinado su destino y ya sólo le interesan el dibujo y la lectura. A los diecisiete años, en 1946, publica uno de sus cartones en el semanario Fantoches, firmado con la fórmula tartamuda de P.P. Un año antes se había inscrito en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, de donde data su amistad con Jesús Soto, quien lo recuerda como un muchacho de notable inteligencia y creatividad. “Ya entonces lo veíamos como un artista prometedor y apostábamos, sin titubeos, al notable desarrollo que posteriormente alcanzó con su trabajo. En esa época andábamos siempre juntos, éramos una pequeña peña en la que Zapata destacaba por su singular inteligencia y precoz cultura. En Venezuela se le suele apreciar en forma más bien anecdótica porque él insiste en referirse a los aspectos más innobles de la realidad nacional y eso parece haber arropado la gran calidad plástica de su pintura. Ya va siendo tiempo de que se difunda su obra en el exterior y de que se multiplique su presencia en exposiciones y eventos internacionales”.

Esa etapa formativa fue interrumpida por la participación de Zapata en una huelga que paralizó las actividades de la Escuela de Artes. En pocos meses los miembros de la peña se dispersaron por el mundo; a Pedro León -junto a otros tres compañeros- le tocó embarcarse rumbo a México con una beca oficial que le garantizaba su manutención por dos años… y permaneció durante once, poco más de una década que marcaría profundamente su trabajo.

“Cuando íbamos en el barco hacia México”, recuerda Zapata, “nos enteramos de que Gallegos había ganado las elecciones. Un año después fue derrocado el presidente y junto con él fuimos derrocados nosotros como becarios porque el gobierno que vino a continuación enrareció el asunto de la beca hasta tal punto que nos pasamos largos períodos sin recibir ninguna ayuda. Para colmo, no nos hicieron volver al país cuando nos tocaba, seguramente porque pensaban que nosotros estábamos envenenados con las ideas comunistas y adecas difundidas por la gran cantidad de exilados venezolanos que había en México; lo cual, además, era cierto. O eso es lo que yo pensaba en mi vanidad de entonces. Lo más probable es que, dado el desbarajuste que siempre ha habido en el gobierno venezolano, en épocas de dictadura y de democracia, sencillamente se olvidaron de que estábamos allá. El caso es que mi regreso se produce en 1958, a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez”.

Como era de esperarse, el muchacho que se hizo a la mar en La Guaira, cuando Venezuela era capaz de creer que un escritor y maestro de escuela podía permanecer en Miraflores hasta el término de su mandato, regresó transformado. Había liado sus bártulos con la cabeza llena de arte moderno y los apuntes repletos con datos acerca de los ismos que cruzaban el panorama de la incipiente postguerra europea. Y volvió ganado para los valores del arte mexicano “nacionalista en el mejor sentido de la palabra” y acompañado de su esposa, la mexicana Ana Reyes y los tres hijos habidos en esa unión, que duraría veinticinco años.

-Yo era su condiscípula en la Escuela de Pintura de La Esmeralda -confirma Reyes, desde su casa en México donde descolgó el teléfono para entregar sus recuerdos. Era tan brillante y talentoso que tuvo que abandonar un curso cuando el maestro, un artista muy reconocido en México, lo emplazó, algo celoso por el ascendente que Zapata tenía sobre el resto de los estudiantes, diciéndole que uno de los dos estaba demás en aquel salón de clases. Nos casamos, sólo por el recurso civil, el año 1956 y poco después nos fuimos a Venezuela.

En su etapa mexicana, Zapata siguió también estudios en el Instituto Politécnico Nacional y en el Taller Siqueiros; y fue profesor de cerámica en la Escuela de Bellas Artes de Acapulco. “Cuando salí de Venezuela”, dice Zapata, “tenía una idea contraria del artista que he llegado a ser. No desde un punto de vista de calidad, que eso normalmente ocurre porque uno siempre es menos de lo que creyó que llegaría a ser; sino desde la perspectiva de mi orientación artística, hasta ese momento apuntada hacia Europa. El choque que produjo en mí la pintura mexicana fue muy grande. No porque esperara otra cosa, sino porque yo no quería eso. A mí lo que me interesaba era el arte europeo, los grandes pintores del momento en Europa, encabezados por Picasso. Estaba lleno de aquella marea postimpresionista, cubista, surrealista, que teníamos todos en la cabeza. La pintura social de México no me producía ninguna simpatía. Me pasé todo el primer año en México con un malestar muy grande porque no me gustaba nada lo que veía en la pintura de los grandes maestros mexicanos. Sólo comencé a apreciar esa pintura un año después, cuando me di cuenta de cómo estaba esa pintura vinculada al modo de ser del pueblo mexicano. Y hoy, me considero un producto de esa vida que llevé en México. No soy, definitivamente, un artista producto de aquella original formación de acento europeo. Mi admiración por los grandes pintores europeos ha ido en aumento, lo mismo que mi conocimiento y mis intentos por mantenerme actualizado pero si he de reconocer alguna influencia, ésa me viene de mi contacto con el arte mexicano. Y no estoy inconforme del resultado porque realmente me aferro mucho a mi forma de expresión”.

Llenar el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, desde el portal hasta la puerta trasera, le supuso a Zapata no sólo el afanarse a todo vapor para tener a punto la ingente muestra de pinturas y obras tridimensionales, sino su consagración como artista plástico. La inauguración de Todo el Museo para Zapata tuvo lugar en mayo de 1975. “Era un riesgo”, reconoce Sofía Imber, promotora de la idea. “Escogí el mes de mayo para hacerla porque es el de mi cumpleaños y pensé que si mi madre se había arriesgado a parirme en ese mes, entonces era el apropiado para emprender tareas audaces. Y fue un éxito, nunca tuvimos uno tan resonante. En esa muestra Zapata hizo una de las primeras instalaciones en Venezuela al reconstruir, en los espacios del museo, un rancho, un autobús y un salón de fotografía. De hecho, puede considerársele un precursor de las instalaciones en el país”.

Imber encabeza la multitud que echa incienso al paso de Zapata, un caso raro de venezolano que en vida logra convocar la adoración de las multitudes. Las aisladas -y anónimas- disensiones de este culto murmuran por lo bajo pero no suelen dar la cara. “Cada vez que yo tengo una exposición de Zapata”, desliza Sofía, “por detrás me dicen: ‘y le vas a hacer otra…’. Molesta el gran éxito de Zapata como ha molestado la trascendencia internacional de Soto, a quien se le ha enrostrado que es afrancesado, que su obra no refleja el alma venezolana; o a Cruz Diez, a quien se le ha perseguido con el estribillo de que hasta cuándo rayitas. Pero aunque hiciéramos una gran exposición al año, todavía nos quedaríamos cortos porque Zapata es un gran artista que produce constantemente obras importantes. No sólo es un hombre de una gran creatividad, sino un trabajador insigne”.

La propia Ana Reyes confirma su sensación de haber estado casada con un hombre “muy envidiado. Después de nuestra separación, algunos supuestos amigos me han venido a hablar mal de él pero a todos les he echado un parado. Zapata provoca envidia en ciertos hombres y auténticas pasiones en las mujeres. Puedo asegurarle que es un marido fiel contra los vientos más bravos porque las mujeres lo persiguen. Delante de mí lo atacaban con un descaro que me impresionaba y él, bueno, él se hacía el loco pero yo sabía que nada le pasaba desapercibido”.

Claro que permanecer alerta es ya una deformación profesional para Zapata; él mismo ha comentado que aceptar la responsabilidad de hacer una caricatura diaria que compendie y satirice la actualidad nacional e internacional es más bien un acto de irresponsabilidad. Y sin embargo, ha acatado el mandato por espacio de 33 años sin fallar un sólo día. Nadie sabe cómo lo hace.

El 21 de enero de 1965 apareció el primer Zapatazos en la página de opinión de El Nacional. Ramón J. Velásquez había sido nombrado director del diario el año anterior, después de ocupar la Secretaría de la Presidencia por espacio de un lustro. “Pensé que era necesario recuperar el género de la crónica para el periodismo nacional”, rememora el ex presidente, “e invité a varios intelectuales a colaborar en una página concebida para ese fin en el primer cuerpo del periódico; entre ellos estaban Ludovico Silva, Jesús Sanoja Hernández, Luis Herrera Campins, Jesús Rosas Marcano y Aníbal Nazoa. Fue este último quien me habló de Zapata, así que lo llamé y le ofrecí un espacio para publicar diariamente sus cartones, que desde el primer día fueron un éxito. En esa época la mayoría de los articulistas publicaban sus trabajos con seudónimos, muchos de los cuales fue preciso cambiar sucesivamente para proteger la identidad de los autores y ponerlos a salvo de la persecución política que entonces se cebaba contra los intelectuales sospechosos de ser comunistas. La representación de los ricos que Zapata acuñó presentándolos a través de un individuo ventrudo, vestido con chaleco y adornado con un brillante en la mano, despertó el resquemor de cierto directivo de El Nacional, quien se dirigió a mí para sugerirme la conveniencia de interrumpir cuanto antes la publicación de sus caricaturas”.

-En esos días -prosigue Velásquez- me encontré en una recepción con el embajador Berbaum, representante diplomático de los Estados Unidos en Caracas, quien me llamó aparte para conversar. Resultó que el hombre era un entusiasta coleccionista de caricaturas políticas y estaba interesado en adquirir algunos originales de Zapata, a quien consideraba un genio indiscutible. Le sugerí entonces que se dirigiera al citado directivo y le solicitara algunos cartones. A los dos días se presentó el embajador norteamericano en el periódico y obtuvo las piezas que quería, después de ponderar la singular calidad de nuestro caricaturista. Hasta ahí le llegó a Zapata la tacha de comunista. No hay duda de que es el mejor editorialista venezolano de la democracia”.

Enterado de este desenlace, cuenta Velásquez que Zapata apenas preguntó si la conducción del periódico se había impresionado hasta el punto de duplicar sus honorarios, entonces de cincuenta bolívares por dibujo. No fue así. Pero su carrera estaba lanzada. En 1966 colabora en el semanario El Infarto; un año después se editó su libro, Zapatazos, que recogía 300 de sus caricaturas ya publicadas en el diario, el primero de una bibliografía que ya supera la docena de títulos; en 1967 recibe el Premio Nacional de Periodismo; en 1968 incluye su trabajo en La Saparapanda; en 1969 crea la sección Zapata Street en la revista Bohemia; en 1971 es invitado a colaborar en el periódico Meridiano donde realizó la página Hecho a mano; en 1973 dirige el semanario tabloide Coromotico, colabora con el diario El Globo con una página de periodicidad semanal titulada Se hacen y se componen, sus dibujos aparecen en Burundanga, Fotosíntesis y otras publicaciones, estrena en el Ateneo de Caracas su pieza teatral Venezuela Herótica cuyo vestuario y afiche también corren por su cuenta; desde diciembre de 1974 comienza la publicación de las Cariculturas en las páginas culturales de El Nacional; en 1975 recibe el encargo de hacer las ilustraciones humorísticas para el libro Romeo y Julieta, de Miguel Otero Silva; en 1977 se exponen 300 caricaturas suyas en la muestra Toda la Casa para Zapata en la sede de Casa Las Américas de La Habana e integra el equipo de locutores del programa radial Kun Fu de noticias; en 1978 Ediciones La Flor, de Buenos Aires, publica Quién es Zapata; en 1979 dirige la revista El Sádico Ilustrado y participa en el espacio radial Dos generaciones; en 1980, año en que recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas, funda y dirige la Cátedra Libre del Humor Aquiles Nazoa en la Universidad Central de Venezuela que un año después le valdría el Premio Municipal de Teatro; en 1982 aparece el libro Lo menos malo de Zapata; en 1988 concibe una performance que consistió en lanzarse como candidato a la presidencia de Venezuela, con todo y gabinete ministerial… y éste es buen momento para detenerse, jadeantes, a preguntarse si Zapata ha sido, efectivamente, comunista. Es el momento más indicado puesto que aquella boutade del 88 lo puso en una de las trillas tributarias del camino a Miraflores.

-En la época de México -dice Zapata- yo solía asistir a los actos de los exilados venezolanos. Y me acerqué mucho tanto a los adecos como a los comunistas, más a estos últimos que a los otros. En este momento sospecho que me pasa lo que a mucha gente, y es que desde que el mundo sufrió la enorme transformación iniciada con el derrumbe del muro de Berlín y con éste el de la ideología comunista, quedamos ante el fin de la historia, como ha dicho el filósofo norteamericano Francis Fukuyama, cosa en la que creo porque el fin de la historia se ha dado dentro de nosotros mismos. Ahora no estamos en lo que hemos entendido siempre por historia: unos aquí y otros allá… la tesis, la antítesis y la síntesis… nada de lo que aprendimos sirve ahora.

“En este momento no me ubico en ninguna parte porque dentro de mí, como consecuencia de todos esos hechos, no quedó sino un escepticismo absoluto. Yo antes vivía en un gran escepticismo que era parcial, ahora es total. Pudiera perfectamente decir que no creo en nada ni en nadie, ni siquiera en mí mismo. En este momento sólo creo en lo que hago, en mi trabajo; y no porque vaya a cambiar el mundo ni a embellecerle la vida a nadie y muchísimo menos porque me vaya a enriquecer a mí, sino porque ese trabajo me hace sentir que continúo vivo”.

Si en vez de la vitalidad Zapata hubiera apostado a la viveza no es de descartar que su nombre hubiera abultado la lista de tachirenses uncidos con la banda presidencial. Hace diez años eran ya visibles los indicios del desplome de las estructuras partidistas tradicionales en Venezuela, desesperados por hacerse con el poder las dos principales toldas lanzaron al ruedo a sus hombres más conspicuos, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez habrían de batirse a picotazos para empuñar por segunda vez el mando. Era una lucha de titanes donde parecía que los mirones eran de palo. Fue, sin embargo, la ocasión escogida por Zapata y sus secuaces para proponer, en guasa, una candidatura alterna concebida para hacer entrar un artista a Miraflores a ritmo de tap: a zapatazos. El propio abanderado se adhirió a la vieja práctica nacional de espigar de entre sus amigos a su batería de ministros y un buen día la audacia quedó postulada.

-Desde luego, se trataba de una gran broma -recuerda el historiador y articulista Manuel Caballero. Pero cuando la cosa comenzó a tomar otro aspecto, Zapata se echó para atrás, como hombre serio que es. De todas formas, no podíamos hacernos muchas ilusiones, el arrastre del candidato, aunque vertiginoso, se limitaba a Caracas y a cierta élite informada del país.

Menos descreída, Sofía Imber asoma que: “Si Zapata hubiera persistido con su candidatura, quién sabe adónde habría llegado en el terreno político. Me consta que algunos candidatos estaban genuinamente asustados porque, a pesar de que allí no había una maquinaria de autobuses ni de militantes para pastorear a la gente a sus congregaciones, cada convocatoria era respondida por un número importante de seguidores. Se trataba de un singular fenómeno de credibilidad. La gente le cree a Zapata y todo el mundo quería ir a escucharlo”.

-La opción -concede el ex candidato- llegó a ser evidente desde el momento en que la encuestadora nos dio una cifra alta (13,5%) después de una brevísima campaña que consistió en muy pocas actividades. Se hizo el acto de proclamación del Aula Magna; un mitin en Valencia y otro en la Universidad Simón Bolívar. Y no recuerdo más. Y la gente o se lo creyó o le gustó la idea de ser engañada en el conocimiento de que estaba siendo engañada; y no como suele suceder que el engaño se enmascara con promesas. También influyó el hecho de que presenté un gabinete de lujo cuyos cargos asigné a personas de reconocida inteligencia. Me refiero a que era una inteligencia reconocida por mí. Entre otros, estaban Rubén Monasterios, Graterolacho, Adriano González León, Ras, Antonio Costante, Luis Britto García, Jaime Ballesta (Otrova Gomas) y Roberto Hernández Montoya. La verdadera satisfacción que obtuve de esa candidatura fue la comprobación de que la misma gente a quien se le atribuye un gusto por las malas películas, las malas telenovelas y la mala narrativa, fue la que nos apoyó con su inteligencia y su sentido de la ironía.

“La gente captó cabalmente que aquel ejercicio humorístico apuntaba a crear un aparato ficticio para que quedara evidenciado cómo era el aparato mediante el cual la engañaban. Y tuve temor cuando comencé a sentir que de verdad estaban tomando eso en serio; sentí que algunos políticos estaban viendo en aquello una oportunidad para ellos meterse y llegar por esa vía a sus metas, que son muy distintas a las que yo tenía. En ningún momento me planteé un proyecto en serio. Yo no. Y tampoco creo que lo hiciera ningún miembro del equipo que me acompañaba… con una excepción: una persona que siempre manifestó gran satisfacción por haber participado en esta historia fue la que era candidata a mi secretaria privada, Irene Sáez”.

En serio y en sorna, Zapata se ha burlado de los poderosos al tiempo que se deja arrullar con sus halagos. “Pero es que yo no busco el halago -aspira dejar muy claro- lo recibo como algo inevitable. Me parece absurda la actitud de ciertas personas a las que les ofrecen una condecoración y la rechazan. Yo entiendo que rechazar ese halago, implícito en la condecoración, es una actitud en el fondo hipócrita porque el verdadero mérito no reside en rechazar la condecoración sino en comportarse de tal manera que nadie se atreva a ofrecerle a uno una condecoración. Cuando a uno le ofrecen una medalla es porque ya la merece y si uno la merece debe dar la cara y aceptarla. De nada vale que uno salga con la pose del rechazo si ya uno ha hecho méritos para ser igual a quien se la da. Yo puedo decirlo porque he recibido montones de condecoraciones y pasado por el bochorno de hacer colas de seiscientas personas que también han sido merecedoras de la medalla. Entonces es cuando uno se pregunta, caramba, ¿hay tantas personas importantes en este país? Uno es apenas uno de los seiscientos meritorios y que no se haga el loco, de nada sirve renunciar a la condecoración cuando uno ha entrado en el lote de los medallables. Lo mismo ocurre con el halago, de nada sirve eludirlo. Al presidente Batista no se le hubiera ocurrido jamás la idea de llamar a uno que estaba en la Sierra Maestra para ponerle una medalla. Uno tiene que comportarse así para que no lo condecoren y no rechazar el halago cuando uno ha hecho todo para que lo halaguen. La única salida que queda es poner la misma cara de palo cuando lo insultan y cuando lo halagan.

En 1996 fue condecorado con la Orden del Libertador en grado de Comendador, eso por mencionar una distinción reciente; y en diciembre del año pasado, el Fondo de Inversiones de Venezuela bautizó sus espacios culturales con el nombre de Sala Zapata. Lo cierto es que los grandes se encumbran, luego caen y Zapata sigue en su sitio, trabajando “como un loco”, para usar la frase en que coincide una decena de consultados para esta nota. Poco antes de la quiebra del Banco Latino, esta institución editó su libro Los Gómez de Zapata, una antología de retratos del general realizados por el pintor, y unos meses después el banco cerró sus puertas dejando represado algún dinerillo de su autor estrella. “Algo tenía porque casualmente yo había hecho una exposición en la galería de Carmen de Tinoco, que se llamó Oligarcas temblad, no por ironizarlos a ellos sino tal vez por ironizarme a mí mismo. Esa exposición se vendió toda y cuando Carmen me dio el dinero, me sugirió que lo metiera en el Latino porque estaba pagando intereses muy altos. Y así lo hice. Después, el Banco Central de Venezuela me compró un cuadro e hice lo mismo con el cheque que me dieron… un día antes de la quiebra del Latino. Sin embargo, no perdí esa suma porque estaba en la franja de los montos recuperables”.

El dinero, aseguran quienes lo conocen, no aparece entre las principales preocupaciones de Zapata. Nunca ha pertenecido al elenco de ninguna galería y los precios de su obra no se rigen por ningún patrón que no sea el de su propia tasa y por ahí un cuadro suyo puede costar cinco, diez o veinte millones de bolívares, según las dimensiones de la obra y según las fluctuaciones de su metabolismo mercantil. “Si tuviera algún interés en elevar la cotización de su trabajo no sería tan pródigo al regalar pinturas y dibujos con mano tan suelta”, asoma un amigo agradecido.

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